25 de enero de 2009

Historias Cortas

Estaba peinando su larga cabellera mientras veía empalidecerse en el espejo. Las manos le temblaban y el corazón evidenciaba mucha angustia a través de aceleradas pulsaciones. La mirada, que se perdía continuamente, reflejaba un profundo dolor y lograba trasladarla en tiempo y espacio como por arte de magia.

Pocas personas en el mundo la conocían, pues aún en sus momentos de lucidez era tímida y reservada. Pero a ella no le importaba, para Paulina lo único que tenía un verdadero significado era estar presente en el corazón de Gustavo.

Casi podía oler como si estuviera allí, el aroma de las flores de aquel hermoso jardín que presenció su primer encuentro. Paulina estaba sentada leyendo un libro de poesía, cuando de pronto escuchó la más dulce de las melodías. Era Gustavo, un bohemio algo desadaptado de la sociedad, quien pasaba por allí tarareando una de las canciones que había compuesto con su guitarra.

Justo cuando sus miradas se cruzaron, logrando borrar instantáneamente todo lo que estuviera alrededor, el sistema de riego fue encendido y ambos, aún sin conocerse, disfrutaron espontáneamente de la situación, saltando como dos locos en medio de una lluvia artificial.

Pequeños grandes momentos como ese, en los que simplemente se dejaban llevar sin importar el que dirán, colmaron su relación de felicidad.

Seguía frente al espejo como un alma en pena, ya estaba seca de tanto llorar. Se repetía una y otra vez en su mente, el amargo recuerdo que marcaría su vida para siempre.

- Desde hoy no hay sueños que no puedan cumplirse – Se dijo Paulina a si misma, viéndose en el espejo, luciendo radiante vestida de novia.

Gustavo parecía ser el antídoto perfecto al cuadro depresivo y lleno de trastornos, que la aquejaba desde la infancia por herencia de su madre. El amor, había evitado sin explicación científica alguna, que se repitieran aquellas crisis desestabilizadoras.

La sonrisa, que tan difícilmente logró aparecer en su rostro, no tardaría en desvanecerse al leer aquella nota en la entrada de la iglesia:

Lo siento mucho Paulina, ya me enteré. Por más que te ame, no existe futuro al lado de alguien que fue declarada incapacitada mentalmente”.


Nunca lo volvió a ver, quedó sumida en la desesperación de saber que para ella… No existirían las posibilidades.

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